Dice C. S. Lewis, conforme a la Palabra de Dios, que las promesas de las Escrituras «se pueden reducir grosso modo a cinco: La primera asegura que estaremos con Cristo. La segunda, que seremos semejantes a Él. La tercera, expuesta con gran riqueza de imágenes, que tendremos la gloria, La cuarta, que seremos alimentados, homenajeados y agasajados de algún modo. La quinta, que ocuparemos cierta posición oficial en el universo —gobernando ciudades, juzgando ángeles, siendo pilares del templo de Dios».
Todas estas cosas son, desde luego, fabulosas. Parecen demasiado buenas para ser creídas por unas mentes acostumbradas a la ruindad que predomina en este mundo terrenal. Pero son verdades bíblicas inamovibles, y como tales, perfilan la meta, el destino de nuestra fe. Es preciso que demos rienda suelta al paisaje de nuestra imaginación para ser capaces de soñar como niños y dar cabida en nuestros sueños a las grandiosas maravillas que esperamos alcanzar.
Ahora bien, no se nos proponen para que las esperemos pasiva, ociosamente, sino que hemos de procurarlas activamente, dando cada día los pasos necesarios para acercarnos a ellas. Atrevámonos, pues, a soñar como niños henchidos de fe, aferrémonos a la vida eterna y vivamos cada día como corresponde al llamado para el que fuimos escogidos. Que Dios nos ayude a ser consecuentes para vivir cada día en su amor y temor reverente y seamos dignos de alcanzar tan grandes y preciosas promesas.