Las oraciones de los santos son agradables a Dios porque le honran, y de muchas maneras. En primer lugar, afirman su existencia. Al orar, el pueblo de Dios declara (mejor que por cualquier otro medio) su firme creencia de que Dios es, porque ¿cómo habría de orar a Uno que no existe? Por lo cual, la oración a Dios es la continua afirmación de que «el Señor es bueno». Las peticiones y la esperanza de recibir mercedes especiales equivalen a declarar que se cree en un Dios vivo, un Dios consciente que actúa, un Dios cercano siempre dispuesto a escuchar la voz de sus criaturas y capaz de cumplir los deseos humanos. Por todo ello, es muy agradable para Dios que creamos y testifiquemos que Él es, y que es galardonador de los que diligentemente le buscan (Heb 11:6).
¿Y si dijera que la oración es en su misma esencia una doxología? Es una glorificación a Dios en sus atributos. ¿Le pido que me bendiga? Entonces adoro su poder, porque creo que Él puede hacerlo. ¿Le pido que me bendiga? Entonces, adoro su misericordia, porque confío y espero que lo Él hará. ¿Le pido que me bendiga reclamando tal o cual promesa? Entonces adoro su fidelidad, porque, evidentemente, creo que Él es digno de confianza y hará lo que ha prometido. ¿Le pido que me bendiga no conforme a mi petición, sino a su sabiduría? Entonces adoro su sabiduría; porque, obviamente, creo en su juicio y en su prudencia. Cuando le digo: «No se haga mi voluntad sino la tuya», adoro su soberanía. Cuando confieso que merezco sufrir bajo su mano, reverencio su justicia. Cuando reconozco que Él siempre hace lo que es justo y recto, adoro su santidad. Cuando digo humildemente: «A pesar de todo, ten misericordia de mí y borra mis transgresiones», reverencio su gracia. No es, pues, extraño que a través de Jesucristo las oraciones de los santos sean preciosas para Dios, ya que representan un homenaje eminentemente práctico al Ser Supremo.
Tomado del libro de Charles Spurgeon El poder de la oración en la vida del creyente, Editorial JUCUM, 2013, p. 189.